domingo, 22 de noviembre de 2009

LAS HOJAS DE OTOÑO


(escritura en proceso, novela)

Iván observaba el río, que fluía mansamente en aquel día tranquilo de otoño. Últimamente frecuentaba bastante las barrancas y los bares que daban al río, solitario y pensativo, alejado por un rato de las amarguras que le deparaba su hogar y de las charlas vacías con sus amigos. Curiosamente, en aquellos momentos de soledad, no pensaba en el suicidio. No pensaba en nada. Miraba encandilado la luz del sol en el agua movediza, deshaciéndose en miles de lucecitas flotantes, mientras su mente se refugiaba en la nada.
Así era todo tan sencillo! En el bar había unos pocos comensales tardíos como él, que comían en silencio el bife o el pollo asado y las papas fritas. Su madre en otro tiempo (antes de la terrible tragedia que había terminado con la feliz vida familiar) le hubiera tirado las papas fritas a la basura, argumentando que moriría por el colesterol y el cáncer y tantas enfermedades que parecían traer las papas fritas. Pero ahora todo lo de antes no tenía sentido.
El tiempo para comer se había terminado. Debía volver a la escuela, aunque no supiera nada para el examen. De algún modo, tenía que terminar la escuela. Y eso era lo único que no había cambiado, al menos allí nadie lo culpaba, ni siquiera con la mirada. Y todo seguía funcionando como antes. Habían rezado una misa por su hermano, lo habían llorado y después…la vida había continuado, con la misma rutina de siempre que anestesiaba cualquier dolor, cualquier pensamiento inquietante.
Se levantó con la mirada puesta en la moza, que parecía sospechar que se iría sin pagar. En otro tiempo, lo hubiera hecho. Pero ella no sabía que esa parte de él había muerto en aquella laguna, junto a su hermano.

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La casa tenía la edad de sus abuelos. El bisabuelo había comenzado su construcción, luego de conseguir trabajosamente el terreno y había hecho los cimientos con sus propias manos. Su abuelo había vivido toda su vida en aquella casa, agregándole una planta alta donde trasladó los dormitorios. Su padre y el tío, que vivía ahora en Italia, habían vivido allí hasta que se fueron a hacer su vida.
Iván tocó el timbre repetidas veces. A aquella hora, la abuela dormía su sagrada siesta y si el abuelo no tenía puesto el audífono, podía tocar el timbre hasta la mañana siguiente.
- Ya voy, ya voy! – una voz ronca y gruesa que parecía ofendida por el timbre insolente, contestó desde adentro.
Iván sonrió aunque no tenía motivo alguno para sonreír. Se lo representaba al abuelo con los pelos parados y ralos, la barba siempre luchando por salir en su cara rugosa y sus pantalones con tiradores.
- Hola, Genito!
- Te dije un montón de veces que eso es una falta de respeto para mí! Únicamente mi santa madre que está en el cielo y tu nona pueden llamarme así!
Iván lo abrazó y el anciano intuyó algo en aquel abrazo porque no dijo más nada. Lo hizo pasar, recomendándole silencio porque la abuela dormía.
- Un vasito de granadina?
Ya nadie tomaba granadina, solamente su abuelo.
El aceptó sin embargo, complacido, la granadina le gustaba. Y el abuelo la diluía en la justa medida.
- Este año, el otoño tarda en llegar. Mis árboles no han perdido una hoja, todavía.
Se sentaron a la sombra de los árboles, en el patio trasero cercado ahora con paredes de tres metros, rodeado de edificios.
- Hay que agradecer que todavía hay sol – dijo el abuelo sonriendo beatíficamente – si hacen otro edificio al oeste , se acabó. Este patio va a parecer una tumba.
- Nono…no sé cómo decirte esto.
- Vamos, hijo! No pensarás que me vas a asustar. Tal vez estás tratando de decirme que tu novia está embarazada.
- Ni siquiera tengo novia.
- Eso es malo. Con tantas chicas disponibles hoy en día! Es mucho más fácil que en mis tiempos.
- No me interesan las chicas.
- No irás a decirme que sos marica! Porque entonces….
- No, abuelo, no es eso. Se trata de mis …. de mis padres. Todo el día peleándose….cada vez peor. Ya no disimulan. Se odian. Y yo tengo la culpa.
Eugenio se había puesto serio. Sabía que las cosas iban de mal en peor en casa de su hijo, pero Mario jamás le contaría. Siempre había sido reservado y pensaba que su viejo no entendía ya nada.
- Es complicado. Pero es así. Yo no hice nada por mi hermano y mamá jamás va a olvidarlo. Cada vez que me mira, me culpa. Quise consolarla, intenté decirle cuánto la quiero y me dio vuelta la cara. Papá se enojó con ella, empezaron a decirse cosas….quisiera irme.
- Y adónde irías?
Iván lo miró largamente, sin decir nada. Sobrevino un silencio entre los dos, cargado de significados. El silencio del nieto, era súplica muda, desesperada. El del viejo era un espacio entre las palabras que acababan clavarse en su alma y su acervado sentido común, que le aconsejaba calma.
- No, ni lo pienses. No porque no te quiera aquí, pero los problemas no se solucionan huyendo. Estaba bien cuando tenías seis años y te peleabas con tu hermano. Ahora no.- Calló de golpe. De pronto caía en la cuenta, dolorosamente, que ya no habría más peleas. Nunca más.

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Mario abrió la puerta del departamento. Esperaba que Lili no estuviera en la pieza de Fede. No podía soportarlo.
- Lili! Ya llegué!
Últimamente la cosa se había invertido. Ahora era él quien llegaba más tarde del trabajo. Ella ya no hacía horas extra ni traía trabajo a casa.
Nadie contestó. Se fue derecho a la pieza de Fede, aquella de servicio que había transformado en su dominio particular. Lili estaba sentada en la cama, apretando contra su pecho un buzo de Fede como si fuera un bebé. Al principio se había sentido conmovido por esta actitud. Ahora sólo sentía un enojo teñido de fastidio, que lo ponía fuera de sí, tanto como aquella pieza vacía, llena de ropa y objetos que habían pertenecido a su hijo muerto.
- No podrías hacer el favor de terminar con esto? Nos estás matando a todos!
- “todos” son ahora Ivy y vos. A ninguno de los dos les importa que Fede….
Mario salió dando un portazo al oír esa voz quejosa. Ivy no estaba en casa, no tenía idea dónde podía estar y no quería llamarlo. Decidió ir a su cena semanal con sus amigos. Era el único momento en que podía despegarse de la atmósfera espesa y agobiante de su casa, que Lili se preocupaba de llenar con lágrimas y recuerdos de su hijo sin dejar espacio para nada más.

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Iván se había juntado en LOft con sus amigos. Miraba a las chicas distraídamente, complacido de que la música a todo volumen entorpeciera sus pensamientos y el recuerdo que lo torturaba siempre. Había tomado un poco demás y sentía cierta euforia, como cuando se calma un dolor que ha atormentado por mucho tiempo.
De pronto la vio, la distinguió enseguida entre sus amigas y fue como si hubiese recibido un mazazo. En sus ojos maquillados podía ver su mismo dolor, el mismo tormento. El precario placer se diluyó en el aire enrarecido de humo. Trató de esconderse, de protegerse en la zona de sombras, pero ella ya lo había visto también y le clavaba la mirada sin miramientos, como su madre. Tuvo que contenerse para no salir corriendo, cuando ella se le acercó sin más.
- Por qué te escondés de mí?
- No me escondo de nadie.
- Bueno, entonces me pareció. Tu mamá me llama todos los días. No sé qué decirle.
- No le digas nada. Decile a todo que sí y colgá.
- Ivy… no puedo sacármelo de la cabeza. Necesito hablar con vos.
- Para qué?
- Para saber qué pasó! Tal vez así pueda dejar de soñar cosas horribles.
- No puedo ayudarte. Yo mismo no puedo dormir recordando y estoy esforzándome continuamente por olvidar… y vos querés que te cuente!
- Por favor!
- Andate al carajo, Viki! Como si yo no tuviera ya bastante!
Iván se deshizo de un tirón de los brazos que lo retenían y salió casi corriendo del lugar. En su mente quedó registrada, como una foto, la imagen desolada e impotente de una Viki infinitamente triste.
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- Cómo voy a estar, Lucy? MI vida acabó con Fede. Soy una muerta en vida. Trato de rodearme de sus cosas, llamar a su novia, para hacerme la ilusión de que está vivo, pero ya sé de que es sólo eso: ilusión.
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- Ivy y Mario? No sirven para nada! Mario nunca se ha hecho cargo, sigue su vida como si tal cosa e Ivy…. Bueno, solamente trae problemas.
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- No, no quiero ir a ningún psiquiatra. No quiero pastillas para dormir y todo eso. Tengo que trabajar, Lucy. Con lo de Mario no alcanzaría….
Iván se encerró en su habitación. No quería escuchar más conversaciones telefónicas que no llevaban a ningún lado. Al revés que su madre, intentaba olvidar a Fede, sus ideas brillantes, sus modos autoritarios de tratarlo que habían ocasionado un sinnúmero de peleas (en las que su madre se ponía invariablemente del lado de Fede), su ropa siempre de buen gusto y el tropel de chicas que lo llamaban por teléfono, aunque tuviera novia oficial. Pero era imposible. El debería haber muerto en aquella laguna. No servía para nada. Sus notas eran pésimas, aun cuando los profesores se empeñaban en ayudarlo, sabiendo la situación. Siempre se había sentido relegado y lo había tomado como algo natural, debido al contraste con su hermano, tan responsable e inteligente, él era un vago irredimible, siempre saliendo o trayendo a casa amigos con problemas.
Ahora sus amigos intentaban ayudarlo, convenciéndolo que no hiciera caso de nada. Pero ellos no sabían lo que era vivir en su casa, con su padre fuera todo el día y su madre lamentando que el muerto no hubiera sido él. A veces las miradas lo dicen todo y eso es lo que él había visto en los ojos de su madre después del accidente: la desilusión de que él estuviera vivo y Fede muerto.
Si le dieran a elegir, se iría a vivir con sus abuelos. La nona cocinaba unos platos para chuparse los dedos y su abuelo lo comprendía como nadie. Siempre se había sentido a gusto con su abuelo. Pero eso era imposible. Seguir viviendo en estas condiciones se le antojaba insoportable y vislumbraba una sola solución.

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- Lili, nos han citado de la escuela. Tenemos que ir los dos, Ivy tiene grandes problemas.
- Siempre ha tenido problemas! Estoy harta de él! Solamente quiero vivir en paz…y llorarlo a Fede hasta que me muera.
- Es que Ivy y yo no significamos nada para vos? Yo también perdí a mi hijo, no sos vos sola! Pero vas a darnos la espalda por el resto de nuestras vidas?
- Nunca entendiste nada! Fede era mi alegría, mi esperanza….
Mario volvió a sentir esa laxitud en las piernas que le provocaba la actitud de Lili, su dolor desmedido que había borrado todo otro sentimiento, sumiéndolo en una especie de orfandad, como si la Lili que él había conocido ya no existiera más, reemplazada por esta mujer, que se aferraba al recuerdo de su hijo como un náufrago a un salvavidas.
- Se trata de un salvavidas de plomo, Lili. Y nos vas a ahogar a todos…
- No te entiendo.
- Lili, tal vez deberíamos ir a un médico, a un psiquiatra…
- Deberías ir vos, a ver por qué nunca quisiste a tu hijo!
Mario se quedó mirándola, tomado de sorpresa . Liliana estaba fuera de sí. No debía tomar en serio sus acusaciones. Para ella, todo el que no llorara por Fede era su enemigo.
- Lili, no sigamos. Tenemos que ir a la escuela a ver qué pasa con Ivy.
- Andá vos! Yo no quiero saber nada con él!
Y dando un portazo se fue a la tienda, porque ya era hora de abrir.

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Iván miraba fijamente por la ventana de su dormitorio, que daba a un patio trasero donde había jugado al futbol con su hermano y sus amigos, destrozando las plantas que su madre cuidaba amorosamente. Nunca se había quejado de tamaño vandalismo. Pero claro, todo lo que hacía Fede era perfecto para ella, aunque se tratara de destrozar las plantas que le daban al patio un toque de verde. Ahora todo estaba silencioso y vacío, él no se atrevía a traer amigos porque su madre lo consideraría un insulto. Hasta las plantas estaban mustias, ella ya no se ocupaba y sobrevivían gracias a la mujer de la limpieza, que las regaba cuando se acordaba.
Iván sopesaba las alternativas de su suicidio. Podía tirarse al río, cortarse las venas con la navaja que había comprado a escondidas (para divertirse durante el viaje de estudios, amenazando a los alumnos de escuelas rivales), una sobredosis de drogas, pastillas para dormir …. Todas esas posibilidades le gustaban. Cualquiera podía servirle para que sus padres ya no se quejaran de la carga que él representaba.

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Era una mañana de sol, a principio del otoño. Mario se despertó, con el primer sonido del despertador. La luz del día ya se colaba a través de las persianas echadas. Miró a Lili, que todavía dormía. Tenía problemas para conciliar el sueño y después para despertarse a la mañana temprano. Ahora dejaba que la empleada abriera el negocio y ella iba más tarde. La luz del nuevo día siempre le infundía nuevas esperanzas. Deseaba que pudieran resignarse a la ausencia de Fede y volver a vivir, como se pudiera, poder disfrutar del simple hecho de estar todavía vivo, de las esperanzas de nuevos negocios para poder comprar una casa y dejar aquel depto lleno de recuerdos, tomarse una buenas vacaciones, dedicarse a su hijo menor… Pero Lili tomaría esos sentimientos como una ofensa, por lo que debía esconderlos y poner una cara como la de ella, aunque cada vez le pesaba más y el depto se estaba pareciendo a una cárcel, en la que todo pensamiento, todo sentimiento que no tuviera que ver con Fede era perseguido como un pecado.
Se levantó sin hacer ruido y fue a la cocina a preparar el desayuno para él y para Ivy, que debía ir a la escuela a rendir las materias que le habían quedado pendientes.
Hizo el café y las tostadas y lo llamó para desayunar. Nadie contestó. Otra vez se había quedado dormido. Ahora ni él ni Lili lo perseguían para que volviera temprano e Ivy se aprovechaba de eso al máximo. Nada le importaba, salvo las fiestas que organizaba con sus amigos. Debía ocuparse de él sin más dilaciones, no podía contar con Lili y era necesario dejar el dolor a un lado y tratar de darle al hijo que quedaba una vida lo más normal posible, aunque ellos se sintieran muertos por dentro.
Suspirando, se encaminó al dormitorio. Ivy estaba durmiendo sin roncar, su respiración ni siquiera se sentía. Lo tocó con suavidad, llamándolo en voz baja. Nada. Lo zamarreó con más brío, llamándolo a media voz. Nada. Le gritó, lo cacheteó, pensando que estaría borracho, como otras veces. Aspiró con fuerza, pero no pudo sentir olor a alcohol ni a cerveza. Tomó su muñeca, empezando a desesperar. Su pulso apenas se sentía. Corrió a buscar el teléfono, llamó a la emergencia. Intentó despertar a Lili, necesitaba compartir con alguien la desesperación que lo invadía. Ella dijo que necesitaba dormir, por qué la despertaba justo cuando había logrado un sueño profundo.
- No sé qué le pasa a Ivy! No lo puedo despertar! – le gritó él.
- Fijate si encontrás las pastillas – dijo ella, dándose vuelta.
El se quedó mirándola un segundo, preguntándose cómo era posible que ella se hubiera dado cuenta de la situación de Ivy y no hubiera hecho absolutamente nada.
Pero dejó todo a un lado para salir disparado, volver a zamarrear a Ivy, mientras revisaba con la mirada los cajones mal cerrados, las zapatillas desparramadas, los frascos… Sí, los frascos. El timbre.
- Sobredosis de somníferos. Menos mal que no se le ocurrió mezclarlos con alcohol.
El médico de emergencias lo hizo vomitar. Ivy tenía un color blanco verdoso bajo el bronceado.
- Me voy en la ambulancia con Ivy. Venís?
Lili le contestó que no podía. En ese momento, tenía que dormir.

Por Silvia Ana Pavía

3 comentarios:

Las tramas del taller dijo...

Queridas escritoras: publiqué todo lo escrito y mas o menos corregido (hasta ahora) de LAS HOJAS DE OTOÑO. La última página no la leímos todavía ni la corregimos. A ver si les gusta y pueden seguir el hilo, porque sino se pierde. Un beso

Las tramas del taller dijo...

Excelente, la última página ayuda a la lectura.
Es una buena historia, tengo ganas de leer un poco más.
Saludos
Amankay

Las tramas del taller dijo...

Gracias, Amancay!Las historias en las novelas avanzan muy lentamente... hasta yo me impaciento y quisiera terminar de un plumazo, pero no puedo...
Gracias por tu comentario, voy a subir las páginas que siguen, un beso. SILVIA