
Continuación de "Las hojas de Otoño"
Iván bailaba con una amiga, bajo las luces restallantes del boliche al que había ido esa noche, con sus amigos. La chica se llamaba Jorgelina (“Jo” para los íntimos) y siempre lo buscaba para bailar.
- Te veo mejor, Ivy. Estás sonriendo sin darte cuenta.
Iván la miró, sin contestar. Era verdad, no se había dado cuenta. Pero eso no significaba que estuviera mejor. Después de varios porrones, las cosas se veían un poco diferentes. Había descubierto a Vicky en un rincón y por primera vez, no había sentido ganas de huir. Por otra parte, ella ni siquiera lo miraba.
Sintió alivio cuando a Jo la llamaron las amigas. Se acercó al rincón de Vicky, haciendo zigzags, porque no estaba seguro de lo que hacía.
- Hola, Vicky.
Ella lo miró con sus grandes ojos miopes, de un hermoso color gris azulado. Estaba linda como antes, aunque la tristeza seguía instalada allí, como una sombra oscura que no se veía pero que la envolvía como un sortilegio.
- Qué raro que no te escondiste. Hasta viniste a saludarme! – su tono, cínico y rencoroso, lo descolocó un momento.
- No podía. Me hacía muy mal verte tan deprimida, yo mismo no podía con lo mío.
- Claro. Ya aprendí que no existen criaturas más egoístas que los hombres. Mi mamá tenía razón, después de todo.
- No soy un hombre, Vicky. En un tiempo, pensé que era capaz de enfrentarme a cualquier cosa, que nada podía pasarme. Y ahora me encuentro tratando simplemente de sobrevivir cada día. No podés sentir odio por un harapo como yo.
Aquellas frases impactaron directamente en la sensible fibra femenina, destruyendo sin saberlo la coraza de supuesto cinismo, dejando en libertad el instinto femenino de protección al desdichado.
- No digas eso. Necesitás ayuda. Yo estoy yendo a un psicólogo.
- Yo también, el mío es psiquiatra. Pero es amigo de un amigo de mi papá, así que no se puede esperar nada de él.
En ese momento vino un muchacho rubio y fornido, parecía un jugador de rugby.
- Vamos, Vicky - dijo tomándola de la mano. Vicky le hizo un saludo rápido y desapareció, dejándolo con un sabor amargo en la boca.
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SILVIA PAVÍA