lunes, 28 de febrero de 2011

CONTINUACIÓN DE GRINGO PATAGON

La había llevado al mejor motel de la ciudad, con cama de agua, champaña y todo lo que se le ocurriera.
La música sonaba a todo volumen y Guillermo imitaba el baile de Mayra, mientras ella se divertía y tomaba champaña, volviéndose cada vez más atrevida, quitándose la ropa con deliberada lentitud, desabotonándole a él la camisa e imitando a la perfección el número de una cabaretera.
Su noche terminó de día, luego de una fiesta privada de alcohol y sexo donde los dos dieron rienda suelta a su imaginación y a sus instintos.

lunes, 21 de febrero de 2011

Primer Festival Internacional de Poesía: GRITO DE MUJER"


19 hs PALABRAS DE APERTURA. A cargo de las organizadoras.


19:15 hs CHARLA CON LA POETA VENEZOLANA JUDITH GHASHGHAIE, sobre la mujer y la literatura.


20:00hs MESAS DE LECTURAS.


MESA 1


Clarisa Vitantonio (Rosario)

Mariana Miranda (Rosario)

Patricia Severin (Santa Fe)

Marta Ortiz (Rosario)



MESA 2

Maia Morosano (Rosario)

Irene Ocampo (Rosario)

Jorgelina Paladini (Rosario)

Judith Ghashghaie (Venezuela)


MESA 3

Ivonne Serena (Rosario)

Adriana Borga (Rosario)

Susana Rozas (Rosario)

Ana María Russo (Rosario)

MESA 4


Mercedes Gómez de la Cruz (Rosario)

Tona Taleti (Rosario)

Concepción Bertone (Rosario)

22 hs Micrófono abierto

22:30 hs RECITAL DE SILVIA GUIDOBALDI


Los esperamos a todos, agradecemos su difusión.

viernes, 18 de febrero de 2011

CONTINUACIÓN DE GRINGO PATAGON




Mayra fumaba un porro, sentada junto a él en las escaleras, ya que no había un solo asiento libre. Su expresión se había suavizado considerablemente y sus ojos oscuros tenían un brillo que él nunca le había visto antes. Movía los pies al compás de la música, evidentemente le gustaba, parecía como si estuviera en su propia casa.
- Vamos a bailar? – sugirió ella, tirando la colilla del cigarrillo.
Aquello fue una verdadera sorpresa. Era la primera propuesta que salía de Mayra. El no bailaba nada mal, tenía sentido del ritmo y oído para la música, pero verla bailar a Mayra cortaba el aliento. Su cuerpo se movía como una serpiente, con una gracia felina y flexible que sugería horas de práctica, hasta sus manos y sus muñecas parecían hablar y llevar el ritmo. Un baile sugestivo y delicadamente insinuante. Los que estaban alrededor no hacían más que mirarla, inclusive las chicas.
Guillermo, que detestaba llamar la atención, la tomó bruscamente de la mano y la sacó de la pista, invitándola con una copa.
El había tomado lo justo como para estar en la primera fase de euforia, y le susurró al oído:
- Mayra, por qué no nos vamos a otro lado y bailás para mí solo?
Ella lo miró por primera vez, sin muestras de desdén.
- Adónde? – preguntó ella, con simulada inocencia.
En alguna parte del cerebro de él, sonó una alarma de despecho, al darse cuenta que así como él no quería ofrecer su departamento, ella tampoco lo invitaba. Pero la creciente excitación que sentía barrió con sus recelos.
- Un lugar que yo conozco – le dijo, guiñando el ojo.
- Adónde? – insistió ella.
- Un lugar donde podamos estar solos, con buena música y bailes para mí. Sólo ocurrirá lo que vos quieras que ocurra. Está bien? – Hablaba casi contra su cara y su aliento, agradable aunque ligeramente teñido de alcohol, le rozaba la frente. Levantó su barbilla y la besó, un beso de deseo no exento de afecto y se sintió conmovida a su pesar. Sus manos se deslizaban por sus caderas, y su frialdad y su indiferencia desaparecieron, llenándola de fascinación y de terror.
- Querés ir? – volvió a preguntar él en voz baja, abrazándola . Su machismo y su pedantería habían desaparecido, su tono no era autoritario ni despectivo ni mucho menos amenazador como lo que ella había conocido. En su cabeza había solo confusión y temor, pero la calidez de su cercanía, su perfume y el tono de su voz le hicieron bajar la guardia. Su encanto era irresistible.

por Silvia Pavía

jueves, 10 de febrero de 2011

CONTINUACIÓN GRINGO PATAGON

Mayra lo observaba, con los codos apoyados sobre la mesa, mientras se tomaba su café.
- Hoy es mi día de suerte – decía él, con una sonrisa sobradora de oreja a oreja – Creo que al fin, el puesto va a ser para mí e Iván va a tener que conformarse con ser el gerentucho de marketing.
- Son amigos o competidores? – preguntó Mayra.
Guillermo la miró, sopesando la respuesta.
- En realidad, las dos cosas. Suena un poco raro, no es cierto? Nos hicimos amigos cuando entramos a trabajar al mismo tiempo, hicimos la prueba juntos y salimos seleccionados. Creo que, si yo ganara el puesto, no me sentiría del todo feliz, sabiendo que él pierde.
Mayra se quedó mirándolo con extrañeza.
- Creo que a él le importa un cuerno de vos y sólo quiere ganar.
Guillermo la miró con suspicacia.
- Por qué decís eso?
Mayra se encogió de hombros.
- Es sólo una impresión.
- Las mujeres se manejan con intuiciones, impresiones... nada de eso sirve. Lo único valedero es lo que se ve y lo que se toca. Lo demás... sólo es imaginación.
Mayra siguió mirando al frente, inexpresivamente.
- Creo que sos un tonto - sentenció.
Guillermo se rió.
- Estoy acostumbrado a que me digan eso. Y cosas peores también, pero siempre ha sido mi familia. Pero tan mal no me ha ido, no te parece?
Mayra no contestó ni cambió su expresión.
Guillermo dejó de sonreír. La actitud de Mayra comenzaba a pesarle, empezaba a cuestionarse si valía la pena tomarse tanto trabajo. Después de todo, quién se creía que era para despreciarlo a él, que para la mayoría era un buen partido?
- Mayra, somos personas grandes, para qué aceptaste salir conmigo si solamente te provoco indiferencia y desprecio?
- Fuiste vos el que no aceptó una negativa y pidió una oportunidad. Te acordás?
- Pero colaborá un poco, por Dios! Con esa cara serías capaz de enfriar un pollo recién asado.
- Es la única que tengo.
- No lo creo. Qué tal si nos fuéramos a divertir esta noche? Por ejemplo, una cena en el restaurante árabe, donde bailan unas odaliscas...
- Eso es divertido para vos.
- Y después nos vamos a bailar a un boliche y tomamos unas copas....
- Hay yerba?
Guillermo quedó sin hablar por algunos segundos.
Lo único bueno que había hecho su padre era ponerlo en guardia con sus filípicas contra la droga. Había tenido borracheras, había fumado como una chimenea, pero nunca se había drogado. Y ahora que vivía solo, se cuidaba tanto del alcohol como de fumar. Pero la nube se disipó en un segundo.
- Te compro lo que quieras.

por Silvia Pavía

martes, 8 de febrero de 2011

La tierra no me la van a sacar - Silvia Cerejido



Nos llaman los negros, cabecitas negras y de otras maneras despreciables que me dan asco nombrar. Ellos son los blancos descendientes de españoles, italianos, ingleses. Fueron ocupando nuestra tierra y nos usan para trabajar., pero en el trabajo pesado. A pleno sol, sin descanso.
Ahora me reclaman el pedacito de tierra donde puse mi rancho, el que levanté con estas dos manos con paja y adobe. Me lo quieren sacar.
A los gritos y con látigo en mano entró el blanquito diciendo que le muestre la escritura. ¿Escritura?, de qué escritura ni papel me habla si mis abuelos, bisabuelos, tatarabuelos siempre vivieron acá y nunca les hicieron ningún papel.
Ya los ví hacerle lo mismo a mis vecinos pero…a mí no, y menos ahora que mi guaina está por parir el quinto changuito. Hijo de mi alma, de esta tierra que cuidé con sudor y sangre. ¿Qué no soy el dueño dice?. Eso se cree él. Este lugar es mío, me lo gané por generaciones con el trabajo. El blanquito se dice argentino. ¿argentino?.
Los blanquitos no son argentinos, son los hijos del barco que vinieron acá, nos engañaron, atropellaron y porque nacieron acá se dicen argentinos.
No conocen el amor a la tierra, no saben lo que es trabajarla hasta sangrar las manos, usando como única herramienta un arado empujado por un hombre o si la suerte te ayuda con un caballo.
¡Qué me van hablar de escritura, de sus derechos, del dominio de la propiedad!
La tierra es mía, yo me la gané.
Y dice que mañana vuelven. ¡Que vuelvan nomás! Que con mi guaina, mis changuitos y mis perros los vamos a sacar cagando.
No sabe lo que es un hijo de esta tierra enfurecido.
No solo cuento con la ayuda de los míos sino que con la Pacha Mama, el sol y la luna que siempre me protegieron y enseñaron el camino.
No, no tengo escuela. No pude ir porque tuve que trabajar, pero no me arrepiento ni lo siento. Si pa sabiduría basta la experiencia.
Mañana los voy a esperar detrás del alambrado.
No, no voy a hacer como mis vecinos que agacharon la cabeza y se fueron con las pocas cosas que les dejaron juntar. Vaya saber dónde andan los pobres. Pero mi mama me lo aclaró bien. “Jacinto, está tierra es tuya, no te la dejes quitar”. Así me lo dijo mi mama cuando se estaba muriendo en el catre de la galería. Y esas fueron sus últimas palabras antes de cerrar sus ojitos gastados y cansados. Si me parece verla ahí acostada con sus trenzas blancas y la cara arrugada como papel de deshecho.
Por mi mama, por mi guaina y por mis changos, juro que los gringos de acá no me van a sacar.

por Silvia Cerejido

jueves, 3 de febrero de 2011




GRINGO PATAGON

- Vamos, es tu cumpleaños! Cómo no vas a festejar? No todos los días se cumplen treinta años!
Iván palmeaba la espalda de su reciente adquirido amigo, que también era su rival para el puesto de gerente regional de la compañía.
- Mañana tenemos el test...aunque supongo que si ninguno de los dos está fresco, no vamos a sufrir competencia desleal....
Los dos rieron.
- Vamos un rato al happy hour que abrieron la semana pasada. Me dijeron que van unas minas espectaculares.....
Guillermo lo miraba, sonriendo, resignado, sabiendo que no podría decir que no. El afán de conquista se había convertido en un vicio, como el alcohol y el cigarrillo. Igual que una droga, que le permitía escaparse.
Aceptó la invitación, como no podía ser de otra manera.
Iván, triunfante, lo tomó del brazo y lo invitó a su auto, deportivo, recién comprado, con su sueldo de la compañía.
Luego de varias copas, las luces comenzaron a brillar con más intensidad. Había ya oscurecido y su imaginación se desataba precisamente a esa hora, aunque no hubiera tomado con Iván.
Empezó a pasear su mirada por el ambiente, saturado de humo y música y se detuvo en una persona, una chica, que estaba hablando con otra en la mesa al lado de la suya. No oía lo que decían, pero ambas gesticulaban y movían las manos expresivamente.
Sin duda, se estaba fijando demasiado y ella le devolvió la mirada con altanería. El, medio borracho ya, bajó la vista, incómodo. Iván, que se había dado cuenta enseguida, sugirió:
- Querés que invitemos a las chicas de al lado? No lo olvides, es tu cumpleaños, aunque no lo quieras festejar...
Guillermo se levantó, procurando caminar normalmente y encaró a las dos chicas.
Ahora que la miraba más de cerca y de frente, sintió que su empaque se derretía bajo su expresión indiferente. Se arrepintió de su impulso, se hizo el distraído y pasó de largo, hacia el baño. El alcohol le hacía ver visiones. Creía ver mujeres atractivas cuando no había otra cosa que chicas fáciles y baratas. Aunque Iván lo tratara de cobarde y paspado, estaba decidido a irse a casa y terminar su día durmiendo, que bien lo necesitaba.
Pero , cuando volvió a la mesa, se encontró con que su amigo, que invariablemente arrugaba cuando se trataba de mujeres y que tenía terror a las peleas con su novia, estaba sentado al lado de sus dos vecinas, charlando amigablemente. Por naturaleza, era incapaz de quedarse callado y se puso a contar chistes, y a imitar a su jefe en las reuniones de directorio, cuando se paralizaba en presencia del dueño de la compañía y contestaba pavadas.
Era curioso; su jefe se transformaba en un ogro en presencia de sus subordinados y se volvía un pobre tipo en presencia de sus superiores.
Iván se moría de risa, mientras apuraba el café.
- Qué iban a hacer esta noche? – preguntó cuando, al fin, cuando Guillermo hizo una pausa.
- Nada.... nos íbamos a casa, a dormir.
- Oh, no! Hoy es el cumpleaños de Guille, por eso estamos aquí. El no quería ningún festejo, pero yo quiero que hagamos algo....No quieren ir al teatro?
Y a propósito... no nos hemos presentado. – Iván se ocupó de las presentaciones y así Guillermo se enteró que aquella que se atrevía a despreciarlo se llamaba Mayra y su amiga, amable y condescendiente, Sofía.
- Bueno, no nos han dicho qué les gustaría hacer.
Sofía miró a Mayra de reojo.
- Nos gustan mucho los kartings – dijo con una sonrisa culpable – Cuando podemos, corremos carreras.... (Iba a decir “cuando tenemos plata” pero se corrigió a tiempo y casi no se notó)
Guillermo miró la hora.
- Está bien, si nos apuramos podemos llegar antes que cierren.
Mayra corría con una determinación feroz, pero no podía contra la de Guillermo, de ganar a toda costa. La encerró y logró sacarle unos centímetros de ventaja en el último metro.
- Traidor! Tramposo!
Guillermo se bajó del karting. Todo daba vueltas a su alrededor y se sostuvo disimuladamente de la puerta.
Cuando la dejaron en su edificio, Mayra saludó fríamente, mientras Guillermo se bajaba tras ella.
- Quisiera volver a verte – susurró al viento.
- Mejor volvé al auto.... en el estado en que estás, no sabés ni lo que decís.
- Nunca antes me había pasado esto.... debe ser el stress.
- O el alcohol – dijo Mayra – Si no te aguantás, no tenés que tomar.
- Por favor, Mayra! Si no querés volver a verme, no tenés más que decirlo...
- Precisamente, lo que iba a decir.
- Bueno, no lo acepto. Hoy me viste en mi peor día... pero dame una oportunidad, una sola....
Ella suspirò.
- Está bien.- dijo con resignación.

por Silvia Pavía

martes, 11 de enero de 2011

María Elena Walsh (1930-2011)


Liniers para La Nación, 11 de enero de 2011



Daniel Paz , tapa de página 12: Sin embargo estoy aquí, resucitando

Silvina Friera para Página 12, 11 de enero de 2011:

Texto completo:

EL DÍA EN QUE EL MUNDO VOLVIÓ A QUEDAR PATAS ARRIBA

Creadora de personajes entrañables, como Manuelita la tortuga, y de canciones inolvidables, fue una de las grandes figuras de la cultura popular del siglo XX. Escribió más de 40 libros y no esquivó nunca –ni siquiera en dictadura– el debate político.

Por Silvina Friera

Verano imperdonable, con la tristeza embotellada en los ojos, en el cuerpo. El país está de riguroso luto. Las niñas y los niños de ayer, las mujeres y los hombres de hoy que siguen cantando a coro a Manuelita que vivía en Pehuajó tienen una pena infinita. Esas voces ahora se quiebran –la congoja siempre desafina– cuando intentan completar lo que hizo la tortuga: un día se marchó. “¡Qué de campanas en la sangre siento/ cada vez que me olvido de la muerte!/ Pero sucede que ella no me olvida”. Estos versos, pletóricos de exquisito dolor adolescente, pertenecen al primer libro que publicó María Elena Walsh, Otoño imperdonable, en 1947. Prologaban, con la energía desmesurada de los primeros pasos, la obra de una artista genial, tan fuera de serie que todo lo que tocaba –poesía, narrativa, música, dramaturgia– devenía inmediatamente en oro. Tan fuera de serie es –en presente, porque su inmenso legado no admite el pretérito– que considerarla un “icono nacional, “prócer cultural”, “blasón de casi todas las infancias”, “un mito o patrimonio de la Argentina”, es recitar –de memoria– una seguidilla de lugares comunes de la lengua contra los que ella luchó hasta pulverizarlos. La muerte no se olvidó de ella. Aunque se deseó que la noticia se hiciera humo, como un mal presagio, ayer murió María Elena o la Walsh –como prefiera cada lector–, a los 80 años, “luego de una prolongada internación y como epílogo de padecimientos crónicos que la aquejaban”, según indicó el parte emitido por el Sanatorio de la Trinidad.

La muchacha que alguna vez se definió como “desabrida, limpia y chúcara” nació en “cuna de oro” el 1º de febrero de 1930, en Ramos Mejía. Su padre, Enrique Walsh, era un alto empleado de los ferrocarriles, “un anglo-argentino enamorado de Dickens y fabuloso músico autodidacto” que tocaba muy bien el piano. Su madre, Lucía Elena Monsalvo, descendía de andaluces. En la tranquila población de la línea del Oeste, la niña trovadora crecía con el abono ideal: infancia de clase media ilustrada, rodeada de libros y de cine. Entre sus fantasías más secretas –confesaría muchos años después, cuando ya era María Elena Walsh y se arrimaba a la orilla de lo que se llama un clásico– se imaginaba cantando y bailando en un escenario, como en las “maravillosas” comedias musicales que admiraba, las de Ginger Rogers y Fred Astaire. En el aula de sus recuerdos brillaba la alumna aplicada, amiga atenta de los árboles y las gallinas, y del pastito que brotaba entre los ladrillos de las antiguas veredas, las mismas que evocó en una de sus canciones, “Fideos finos”. En ese ambiente de libertad, el oído se afinó con las canciones tradiciones inglesas para niños que su padre le cantaba. Ahí comenzó a meter manos a la obra gracias a las construcciones verbales del nonsense británico.

Dueña de un pudor victoriano que se confundía tal vez con timidez, María Elena se plantó, incorregible en su rebeldía, cuando a los 12 años decidió ingresar a la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Allí conoció a la fotógrafa Sara Facio, quien con los años se convertiría en su “gran amor, ese amor que no se desgasta sino que se transforma en compañía perfecta”, como se lee en su última novela autobiográfica, Fantasmas en el parque, publicada en 2008. En 1945, con tan sólo 15 años, apareció su primer poema, titulado “Elegía”, en la revista El Hogar, y también escribió para el diario La Nación. Dos años después, en ese 1947 dolorosamente inolvidable, murió su padre al mismo tiempo que publicaba el poemario Otoño imperdonable, que recibió el segundo Premio Municipal de Poesía. Una lluvia de elogios coronó a la “joven promesa”. Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Silvina Ocampo y Juan Ramón Jiménez celebraron ese primer libro.

Cuando se recibió de profesora de Dibujo y Pintura, enfiló con una beca para la Universidad de Maryland (Estados Unidos), invitada por Jiménez, el autor de Platero y yo. Los seis meses que permaneció junto al poeta fueron una experiencia traumática. Inolvidable, en el peor de los sentidos. “Cada día tenía que inventarme coraje para enfrentarlo, repasar mi insignificancia, cubrirme de una desdicha que hoy me rebela –escribió Walsh en un texto publicado en la revista Sur, en 1957–. Me sentía averiguada y condenada. Suelo evocar con rencor a la gente que, mayor en mundo, tuvo mi verde destino entre sus manos y no hizo más que paralizarlo.”

De regreso en Buenos Aires, consiguió la medicina para superar ese mal trago junto a Jiménez. Volvió a escribir ensayos en diversas publicaciones y frecuentó los círculos literarios e intelectuales. “Como a sus vanas hojas/ el tiempo me perdía./ Clavada a la madera de otro sueño/ volaban sobre mí noches y días.” Otra vez llegó un libro, el segundo poemario, Baladas con Angel, editado en un mismo volumen con Argumento del enamorado, de Angel Bonomini, quien entonces era novio de María Elena. No todo iba viento en popa, aunque pocos lo pudieran percibir. No soportaba las presiones familiares ni de la sociedad. Para ella el peronismo era una “dictadura”. Necesitaba un cambio, respirar otros aires. La aventura arrancó con una carta que sería el principio de una asociación artística y amorosa. La tucumana Leda Valladares, que entonces se encontraba en Costa Rica, la tentó con una propuesta: juntarse en Panamá para rumbear juntas hacia Europa. En el barco Reina del Pacífico, María Elena se probó el traje de cantante. Días y noches su voz se fue fogueando con las zambas de Yupanqui y los hermanos Abalos; cantó chacareras, bagualas y vidalitas anónimas, al son de los instrumentos de la compañera tucumana. Instaladas en París en 1952, en el Hôtel du Grand Balcon, una desvencijada pensión de artistas, la dupla fue eclipsando los escenarios parisienses con su exótico repertorio de canciones folklóricas. El dúo llegó nada menos que al famoso cabaret Crazy Horse. Pablo Picasso, Jacques Prévert y Joan Miró estuvieron entre su fascinado público. Las muchachas compartieron camarín con Charles Aznavour, por entonces un simple debutante.

En la “ruta a la libertad”, en la París donde se codeó con la chilena Violeta Parra y grabó sus primeros álbumes –Chants d’Argentine (1954) y Sous le ciel de l’Argentine (1955), con canciones de tradición oral del folklore andino argentino–, empezó a escribir su primer libro para chicos, Tutú Marambá. Leda & María Elena volvieron a la Argentina en 1956 y pronto salieron de gira por el noroeste argentino. Después grabarían los dos primeros álbumes en el país, Entre valles y quebradas vol 1 y Entre valles y quebradas vol 2, ambos de 1957. Canciones de Tutú Marambá (1960) incluye las primeras canciones que harían famosa a María Elena: “La vaca estudiosa”, “Canción del pescador”, “El Reino del Revés” y “Canción de Titina”. El espectáculo musical-dramático para niños concebido por el dúo, Canciones para mirar, se estrenó en el Teatro San Martín en 1962. A partir de doce canciones, Leda y María irrumpían en el escenario vestidas como juglares mientras los actores –Alberto Fernández de Rosa y Laura Saniez– representaban mímicamente, entre otras, “La Pájara Pinta”, “Canción del estornudo” y “La mona Jacinta”. La sociedad parió un nuevo espectáculo más, Doña Disparate y Bambuco, dirigido por María Herminia Avellaneda, donde aparecieron el Mono Liso y la tortuga Manuelita, el personaje insignia del universo infantil amasado por Walsh.

Antes de la separación de María Elena & Leda, hubo un último disco, Navidad para los chicos (1963). Etapa creativa y amorosa cerrada, publicaría un puñado de libros para chicos –El reino del revés (1964), Zoo loco (1964), Dailan Kifki (1966), Cuentopos de Gulubú (1966) y Aire libre (1967), que consolidó el universo infantil que MEW construyó en la década del ’60. Desde entonces, las infancias de millones de argentinos estarán enlazadas por una liturgia inoxidable.

Narradora del disparate, “milagrera” a la hora de expandir el humor y el absurdo, irreverente hasta lo inconcebible, además de irónica y satírica, no habrá otra igual. La genia MEW, como si fuera una hechicera, tenía una pulsión poética extraordinaria. En la matriz de su escritura está la poesía. En el prólogo de Hecho a mano, su poemario para adultos de 1965, está la clave. “No sé, yo solamente versifico/ pura conversación a mi manera”, decía. Las etapas, del folklore a las canciones para chicos, pasaban. La poesía siempre quedaba. En el ’68 arrancó con sus recitales unipersonales para adultos, Juguemos en el mundo, que fue disco también y en 1971 se transformó en una película en la que actuó, dirigida por Avellaneda. Ese espectáculo-disco incluía la emblemática “Serenata para la tierra de uno”: “Porque me duele si me quedo,/ pero me muero si me voy/ con todo y a pesar de todo/ mi amor yo quiero vivir en vos”.

A la Walsh –opción que suena mejor para repasar sus intervenciones públicas– le encantaba levantar polvareda. La bandera que se enarboló como símbolo de libertad y coraje fue el artículo que publicó en 1979 “Desventuras en el País-Jardín de Infantes”, cansada por la censura y las prohibiciones de películas, programas de televisión y libros. Ya estaba retirada de los escenarios; dictadura, terror y espanto trajeron el parate artístico en 1978. Esa pieza contra la figura del censor merece ser revisada y discutida sin menoscabar la importancia capital que tuvo. Un párrafo de los menos recordados legitima sin artilugios lingüísticos el accionar de la represión y convalida la teoría de los “dos demonios”. “Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos –señaló en ese texto–. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabemos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.” Ante la posibilidad de implementar la pena de muerte en el país, en 1991 escribió un poema demoledor: “Cada vez que se alude a este escarmiento, la Humanidad retrocede en cuatro patas”. La Walsh no sintonizaba con el imperativo de la “corrección política”. Una de sus últimas intervenciones más criticadas fue cuando –en 1996– invitó a la Carpa Blanca docente a retirarse de la plaza “por autoritaria e inofensiva”.

Su primera novela para adultos, Novios de antaño, fue publicada en 1990, el mismo año en que recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba, cuando ya era –desde 1985– Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. En 1994 se recopilaron las canciones completas para niños y adultos bajo el título Las canciones; toda su obra literaria ha sido reeditada por Alfaguara y sus libros han sido traducidos al inglés, francés, hebreo, italiano, finés, danés y sueco. En una de sus últimas entrevistas con el suplemento Radar habló de su reconciliación con el peronismo. “Al ver los manejos de la Revolución Libertadora recapacité sobre todo lo que había sido la obra del peronismo, aparte de sus manejos, así, represivos, digamos. Me di cuenta de lo que había representado para el pueblo, que es mucho. Años después viajé por el interior y la única escuela que había y el único puente eran restos de esa época del peronismo.” Se burlaba, en esa entrevista, sobre lo que le generaba la palabra “póstumo”. La pensaba como “una especie de chiste”. Y confesaba que le gustaría ser recordada “como alguien que quería dar alegría a los demás”. La vida sin María Elena tiene un gusto amargo. Entre risas y lágrimas, dos sentimientos que no son incompatibles, los argentinos la despedimos, emocionados: “¡Gracias, maestra, por tanta alegría!”.

link:
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-160245-2011-01-11.html