miércoles, 4 de junio de 2008

LAS LAVANDAS

(Autora de la fotografía: Trinyperez)

El campo lleno de lavanda está mezclado con el horizonte rojo y amarillo que inunda el porche de la casa revestida en madera. Está en el medio de un desierto con cientos de voces de pájaros. A lo lejos, una polvareda envuelve al jinete que se aproxima y la tierra se enreda en los árboles.
El hombre sentado en la mecedora tiene los ojos cerrados, aspira y se le mezclan los perfumes a lavanda, a tierra y a campo. Hace un tiempo bastante largo que está allí y de vez en cuando toma su pulso y cuenta los latidos. Es una manía. Es un gesto instintivo. Es como si contara los minutos pasados y los minutos por venir. A su alrededor la vida está en los racimos de flores, en los racimos de cereal, y en los rayos que el sol acuesta durante el día hasta que llega la luna. La mujer, con su pelo renegrido largo hasta los hombros va y viene, dejando caer los chorros de agua fresca en las macetas y los baldes y los canteros; va y viene haciendo reverdecer los jazmines y las sandías rojas. Su voz dulce, melodiosa, reparte por doquier aquellas raíces de su pueblo italiano. El jinete avanza hasta llegar a los escalones altos y maduros y se deja caer muy cerca del hombre que sigue allí adormecido. Mientras tanto, las pulseras de la mujer revolotean en sus brazos haciendo un hermoso tintineo a copas.
El hombre, el de la mecedora, siente a la mujer, la huele con ese aroma a jazmines recién cortados, la ve aún con los ojos cerrados, ve su pelo renegrido y largo hasta los hombros. Sabe que dentro de unos minutos hará el rito de todos los días en épocas de sol; pondrá sobre la mesa de mimbre una taza de humeante café y en un plato los buñuelos de manzana.
El jinete y el hombre charlan. Es un diálogo franco, amistoso pero, melancólico. El hombre escucha y sonríe. El jinete le palmea las rodillas. Y luego de una hora larga, decide partir. Abraza al hombre con fuerza y ternura. Levanta su brazo derecho en un gesto de saludo a Catalina, la mujer de pulseras al viento. Otra vez, una niebla de polvo inunda el desierto con su tierra cultivada. .
Al irse, piensa… Catalina, la mujer que cuida a su tío, cada día que pasa está más obesa y más rubia.
El hombre sentado en la mecedora toma su pulso, en forma instintiva. El pulso del sol; es mediodía. Intuye al campo, sin ver los verdes y los lilas de las lavandas. El hombre siente a la mujer, la huele con su olor a jazmines recién cortados en su pelo renegrido largo hasta los hombros.

Susana Ballaris

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